ANTES DE HABLAR DE CAFÉ — VOL 03

Del martes, 26 de mayo del 2026. Entre las calles de la Ciudad Chihuahua.

Bitácora de una conversación con Don Adrián — Rancho San Felipe.

Hay conversaciones que comienzan en una pregunta y terminan en una ventana hacia otro tiempo.

La llamada con Don Adrián comenzó hablando de café, pero rápidamente se convirtió en algo mucho más amplio e interesante. Una historia familiar. Una historia de trabajo. Sobre lo que significa sostener una finca durante generaciones sin que desaparezca en el camino.

Don Adrián habla como quien ha pasado la vida entera recorriendo cafetales. No parece alguien que cuente anécdotas; sino alguien que simplemente recuerda. Una memoria lleva a otra.

La historia de Rancho San Felipe, me cuenta, comenzó mucho antes de hablar de café. Mientras conversaba, menciona varias veces las escrituras originales que todavía conserva, también motores antiguos, herramientas viejas y objetos heredados. Creo que hay algo en su forma de contar las cosas que deja claro que no se trata de coleccionismo, sino de conservar la memoria.

Escucharlo describir aquella época es escuchar a alguien que creció junto a la infraestructura que construía; habla de transformadores, motores y cableado como quien habla de árboles, sierras y paisajes.

Cuando decidió dar el salto de vender pergamino a vender café oro, descubrió que conocer el café no necesariamente significa entender el negocio completo. Mientras los lotes de primera calidad se vendían bien, las segundas, terceras y los desmanches iban acumulando pérdidas silenciosas.

Durante años estuvo demasiado tiempo trabajando como para darse cuenta.

Compraba café, recorría comunidades, supervisaba beneficios, dormía sobre costales cuando viajaba a la Sierra de Oaxaca, movía camiones enteros entre caminos rurales.

La operación seguía creciendo mientras los números comenzaban a contar otra historia.

Entre los recuerdos aparece uno particularmente duro: un cargamento completo robado en la carretera a manos del crimen organizado.

Don Adrián me lo contaba sin dramatizar, quizá porque después de tantos años en el campo, incluso las pérdidas extraordinarias terminan formando parte de la rutina.

Recuerda también una temporada especialmente difícil; una máquina averiada, problemas acumulados, créditos bancarios, presión por todos lados.

Llanto.

Pero había café esperando.

Los camiones llegan de la sierra a medianoche. El fruto no puede quedarse demasiado tiempo en los costales porque el café empieza a calentarse. Se pone agrio. Hay que despulparlo antes del amanecer.

No existe lujo de detenerse demasiado tiempo.

Quizá por eso una parte importante de la historia de Rancho San Felipe gira alrededor de sus hijas.

Mientras habla de ellas, el orgullo es evidente; no habla de lo que construyó en todos esos años, habla de lo que ellas lograron presevar.

Y eso, para mí, habla mucho sobre la forma en que entiende la continuidad.

La conversación avanzó hacia los productores, hacia los apoyos que existieron para renovar cafetales, hacia la preocupación que siente al ver fincas abandonadas y parcelas que poco a poco regresan al monte.

Pero sobre todo, sigue hablando de personas.

De sentarse a comer con quienes llegan a vender su café.

De recibirlos en su casa.

De intentar pagar lo más justamente posible.

De recordar que detrás de cada lote de café existe una familia que depende de ello.

Hay una frase que permanece después de terminar la llamada.

Cuando hablamos sobre los precios del café y sobre quienes regatean sin conocer el trabajo que existe detrás de una taza, Don Adrián respondió algo muy simple.

— Vente a hacerlo tú. —

No como reclamo. Sino como invitación.

A caminar la finca, a subir la sierra, a cargar costales, a dormir poco, a esperar una cosecha, a entender lo que ocurre antes de que el café llegue a una barra.

Al despedirnos, la conversación terminó hablando del tren Chepe, que lo espera acá en Chihuahua, de viajes entre cañones y sierras tarahumaras. Pero incluso entonces seguía apareciendo el mismo tema que había atravesado toda la charla.

La permanencia.

La de una familia que llegó con poco más que la intención de cultivar. La de un rancho que sobrevivió a deudas, reformas agrarias, y crisis financieras.

La de un rancho que pasó de generación a generación.

Y la de ciertos valores que, según Don Adrián, nunca deberías perderse.

El amor por la familia.

El amor por el trabajo.

Y la honestidad.

Quizá esa sea la verdadera historia detrás de Rancho San Felipe.

No la del café.

Sino la de personas que han dedicado generaciones enteras a sostenerlo.

Gracias, Don Adrián y equipo de Rancho San Felipe.

Con cariño, Alejandro.

Next
Next

ANTES DE HABLAR DE CAFÉ — VOL 02