Del miércoles, 08 de julio del 2026. En mi casa.
Bitácora de una conversación acerca de volver a casa.
Hace cinco años, Fermín regresó a Zapotitlán.
La pandemia había interrumpido los planes que tenía fuera del pueblo y, de vuelta en casa, se encontró con algo que había estado ahí durante generaciones:
El café.
No era algo nuevo para su familia. Su abuelo había comenzado la historia 55 años atrás, cuando la tierra todavía estaba dedicada a la caña de azúcar. Después de que aquella actividad dejó de ser rentable, el café comenzó a ocupar su lugar. Su abuelo recibió algunas de las primeras plantas que llegaron a Zapotitlán y comenzó a cultivarlas.
Después vino su padre.
Ahora Fermín.
Tercera generación.
Durante mucho tiempo, producir café significó hacer las cosas como se habían hecho siempre. Cosechar. Despulpar. Fermentar. Secar. Repetir.
Hasta que un día, mientras veía Facebook, apareció una nota sobre café de especialidad.
Había una cifra.
El precio del café de especialidad.
“Yo dije: ¿qué va a ser?, ¿qué es?”
La pregunta terminó llevando a Fermín por un camino que no estaba previsto.
Comenzó a medir temperaturas, a observar el clima, a experimentar con fermentaciones. Empezó a prestar atención a cosas que antes simplemente sucedían.
Lo que parecía una curiosidad terminó convirtiéndose en una forma distinta de entender el trabajo de su familia.
Pero cambiar la manera de producir no hizo que las cuentas fueran más sencillas.
En esos años, el café podía pagarse entre 69 y 70 pesos por kilo. La recolección podía costar 10 pesos. Había que alimentar a quienes llegaban a cortar, pagar a las personas que ayudaban durante el proceso y asumir todos los costos que existen entre una planta y un café listo para vender.
—Pues digo, ¿sabes qué? Pues voy a empezar a hacer una marca, vamos a ver cómo.
Así apareció Café de Fermín.
El nombre no busca alejarse de la familia.
Todo lo contrario.
Lleva el nombre de su abuelo, quien comenzó esta historia.
Al principio, sin embargo, había algo más tangible que una marca: había bultos de café.
Y no había compradores.
Con el tiempo llegaron las primeras oportunidades. Amigos de Querétaro comenzaron a comprarles café y les dieron espacio para probar que aquella nueva manera de hacer las cosas podía funcionar.
La transformación tampoco ocurrió únicamente en el café.
Para producir de esta manera hacían falta más personas.
Alguien que seleccionara.
Alguien que ayudara a orear.
Personas para la despulpa, la fermentación, el secado.
Más manos alrededor de un mismo cultivo.
Eso es, quizá, una de las cosas que más le interesan a Fermín.
No solamente producir un café mejor, sino que el café pueda quedarse un poco más cerca de las personas que lo hacen posible.
En su familia, el café siempre había estado ahí.
Pero no siempre había significado lo mismo.
Su familia también ha sido comerciante. Tienen una tienda de abarrotes. Fue ese trabajo, junto con el de sus padres y el café, el que permitió que Fermín y su hermana estudiaran.
Su padre todavía piensa en el café como una forma de ahorro.
Fermín lo corrige:
—El café no es un ahorro, el café es un negocio.
Uno que puede ser estresante.
Uno que depende del precio, del clima, de la cosecha y de muchas cosas que no siempre están bajo control.
Pero también uno que, durante los últimos cinco años, le ha permitido mirar de otra manera aquello que su familia lleva tres generaciones haciendo.
Cuando Fermín regresó a Zapotitlán, el beneficio que hoy existe todavía no era lo que es ahora.
“En ese momento todo era tierra.”
Cinco años después, hay infraestructura, procesos, una marca y personas trabajando alrededor del café.
La historia no empezó con una variedad.
Ni con un proceso.
Ni con una taza.
Empezó mucho antes.
Con una tierra que dejó de producir caña.
Con unas primeras plantas de café.
Con un abuelo.
Con un padre.
Y con un hijo que regresó a casa y decidió mirar de nuevo aquello que siempre había estado frente a él.
Gracias, Fermín.
Con cariño, Alejandro.

